Es que aquella vez
-entre sábanas antiguas-
bordaste tus labios en mis ojos.
Aquella, aquella vez fuiste jengibre,
romero y tomillo sobre mi vientre
y tu ritmo traducía la voz de tu corazón.
Cruzaste las piernas sobre las mías
te adueñaste de mi saliva.
Te desgajaste
como un eucaliptus en la tormenta.
Tus caderas de cuna,
señalaban mi alma.
Y tu perfume jadeaba
una brújula roja.
Y al día siguiente
¡el mundo!

verdaderamente hermoso!
me dio la sensacion de una fertilidad amorosa…